lunes, 22 de junio de 2015

Entre sueños y pasión

Cálida mañana emergiendo en aromas vívidos y frescos, estabas ahí, tan hermosa entre tu vestimenta pura y sensual; recorriendo las praderas coloridas tomados de la mano, caminando entre flores de amor, sintiendo la suave brisa del viento en el rostro, probando de los frutos más dulces, incluso de aquel prohibido que lleva nuestro nombre…

De pronto, a través del camino más frondoso, tras la rama más abundante, encontramos aquella puerta cuya cerradura se abrió con una sola lágrima tuya; eso me dijo que necesitabas de mí, querías que estuviera contigo para siempre…
Decidimos entrar, en la medida en que nos sumergíamos entre ese aroma cítrico y dulce a la vez, notamos que había una fabulosa iluminación, eran velas blancas y grandes rodeando ese lecho de cristal en el que fundiríamos nuestro amor en un solo corazón, en un solo sentimiento con latidos que cantan un “Te amo” a la par, al son de las palabras y al palpitar de las miradas.

De repente me miras tan fija y pausadamente, mis ojos hallan tu alma al concentrarse en tus palabras y en los movimientos sensuales de tu boca. Mis manos, más táctiles que siempre, quisieron apretarte fuertemente, tanto que jamás te quedaran dudas de que quisiera tenerte en mi vida para toda la eternidad. En este ambiente romántico y sentimental, de sábanas blancas y pulcras murmuraba cuánto te amo, te hacía saber mis más puros deseos al lado de la calidez de tu alma fraterna. Tú me decías que querías estar conmigo siempre, entrecruzábamos las miradas entre los labios y los ojos y nos besábamos abrazados fuertemente, tú eras mi princesa, yo un simple plebeyo que gozó al encontrar y luchar por el amor.

Acá, en este cuarto, se hizo noche… Nuestro placer de plenilunio, de tu néctar húmedo acariciando mi sentido del gusto y del tacto, hacía efervescer el aliento de ambos; excitación que nunca jamás tendría que ser muda. El tiempo se detuvo, hubo calma, tranquilidad, sosiego, los relojes en realidad no mostraban su avance. En ese momento sentí que te llamabas vida, yo me hacía llamar destino. Éramos tan hermosa y tremendamente compatibles y precisos que decidimos perdernos para siempre en las montañas del tiempo, entre blancas sábanas de pasión y de amor, eternos. Las velas no se consumían porque el delito que cometíamos era el placer del amor carcomiéndonos la piel, si hubiese sido el infierno, de seguro nos hubiésemos condenado con un gran gusto colosal e hirviente. Hirvientes como estaban nuestros cuerpos al susurrarte palabras de amor al oído mientras lacerabas aquellos vanos recuerdos por quien alguna vez sufriste. El amor nos hacía a nosotros, fue tan hermoso y tan lleno de significado como nunca antes, la música clásica de Chopin y de Bach, los sonetos de amor que algunas veces he compuesto para ti… Supiste que junto a mí, nunca más padecerías de ese desamor que alguna vez experimentaste junto a alguien, sino que acababas de descubrir ese mundo nuevo que querías conocer, ese camino que querías recorrer, que tu alma gritaba inconscientemente y que mi vida aseguraba y prometía velar porque este sentimiento creciera cada día más.

Yo descubrí que eras mi sueño hecho realidad, una hermosa dama con tanto valor y desbordante en virtudes a quien había estado esperando toda mi vida, comprendí que estaría dispuesto a estar en la tuya para siempre pues perpetuamente te amaría…


A mi dulce amor, en colores de sueños de efervescencia y calor en donde el tiempo se detiene y la magia del placer y la tranquilidad nos envuelven en su lecho de cristal...