sábado, 21 de octubre de 2017

La coricia de la ventana

No era muy común mi desvelo, pero las últimas noches se hacían cada vez más largas. Deambulaba por un lado y otro en mi habitación y las horas no pasaban; al mismo tiempo, la oscuridad se hacía a cada momento más y más profunda…

Sobre la vieja pared de madera de aquella cabaña, hecha de árbol rústico, había una ventana que de noche dejaba escapar algún chirrido, tal vez por el movimiento que producía el viento hacia la ventana, o tal vez por la ligera inclinación de una construcción que no se había hecho tan precisa por tratarse de una vieja casa junto a una fuente en las profundidades del bosque.

No había energía eléctrica, mas sí, cada noche era iluminada con la tenue luz de la luna llena que dejaba traspasar a través del cristal y una vela blanca cuya parafina duraba, lo que subsistía en mí despierto.

El silencio, acompañado de la lobreguez abrupta del monte, me hacía pensar sobre todas aquellas historias que se cuentan sobre el hombre lobo y los vampiros, entre otras muchas leyendas sudamericanas como la llorona, la patasola y un sinfín de mitos populares. Sin embargo, sobre aquella mecedora junto a la ventana, cada noche el pánico me invadía y no podía sentarme a meditar sobre ella. Mi único movimiento era siempre esperar a que se ocultara la luna por completo para así lograr conciliar el sueño.

Fue entonces, luego de esta escena repetida día tras día, cuando reconocí que no solo la ventana crujía sino que la mecedora se hamaqueaba de un lado al otro lentamente y a la vez un canto dulce cuya música hechizaba en mis adentros y no me permitía el movimiento, mas sí, el tembleque de mis manos frías. Hube quedado no solo estático, sino silente por completo al no ver lo que mi cuerpo sentía a mi lado. Una presencia que me había acompañado cada noche, bajo cada luna. La mecedora vacía delataba que para que algo o alguien exista, no es necesario verlo con los ojos ni con los demás sentidos, solo hay que creerlo.

Giré mi cabeza para ver sobre la pared blanca al rincón de mi cama y la luz de la luna proyectaba la sombra de una hermosa coricia de la fuente del bosque. Solo era posible ver su sombra y solo lo era con aquella irradiación lunar, pero comprendí que su esencia y presencia siempre me había custodiado a través de las largas tinieblas desde hace ya un tiempo.