… Y con una palabra florecían los recuerdos,
Hacían luz de mis silencios y los sueños,
Que marchitos esperaron no tan cuerdos,
Hoy brindaron esperanza a sus dueños.
Allí, donde vislumbramos la aurora boreal,
Tus hechizos eclipsaron mis secretos.
Y entonces sentí una euforia abismal,
Que adoctrinaba mis sentidos inquietos:
En tus pétalos quise posarme
Y de tu rocío beber y ahogarme;
Quería me abrazaras hasta rociarme,
De tu dulce fragancia y colmarme…
…Y evitar con las espinas de mis rosas tocarte,
Hasta que tu corazón, con mi néctar, quisiera embriagarte.
Y entonces, en la noche al oído susurrarte,
Que nunca, a pesar del tiempo, he dejado de amarte.
lunes, 22 de mayo de 2017
viernes, 5 de mayo de 2017
El gran dilema
Tan difíciles de ignorar como de olvidar… Hay personas que se anclan a nuestro ser como espinas que se entierran en la piel y que provienen de rosas sobre cuyos pétalos ya no resbalarán las gotas del rocío de ese amor matutino derrochado a cada suspirar…
Esas personas, que se escapan de tu vida y dejan en ti las marcas, las cicatrices dérmicas sobre tu espalda y que a su vez denotan una sangrante satisfacción, recuerdos que estampan sonrisas y sueños que apuñalan los pedazos que quedan de tu corazón.
De pronto aparecen, como si de la nada todo se hubiese esclarecido, como si cupido no hubiese sucumbido ante las amenazas y de nuevo llegase con su arco a enredar con su rutina y a enlazar los escombros, que se promueven vástagos al pasar el tiempo. Qué tan fácil sería, si en un lapso de paz, de calma y de sosiego pudieras encontrarte a ti mismo y poner en su lugar aquello que es pasado y aquello que es presente; tomar la balanza y afirmar por la razón sin que opine el corazón, he ahí el gran dilema…
Esas personas, que se escapan de tu vida y dejan en ti las marcas, las cicatrices dérmicas sobre tu espalda y que a su vez denotan una sangrante satisfacción, recuerdos que estampan sonrisas y sueños que apuñalan los pedazos que quedan de tu corazón.
De pronto aparecen, como si de la nada todo se hubiese esclarecido, como si cupido no hubiese sucumbido ante las amenazas y de nuevo llegase con su arco a enredar con su rutina y a enlazar los escombros, que se promueven vástagos al pasar el tiempo. Qué tan fácil sería, si en un lapso de paz, de calma y de sosiego pudieras encontrarte a ti mismo y poner en su lugar aquello que es pasado y aquello que es presente; tomar la balanza y afirmar por la razón sin que opine el corazón, he ahí el gran dilema…
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