jueves, 21 de agosto de 2014

El beso de Lucifer

Una fría noche que cabizbajo y nauseabundo en mi mundo yo me hallo, como aquel lacayo al que no han hecho más que daño; frío, paseando por la senda del abismo, ¡oh! perplejo aquel reflejo, que ardiente entre sombras, ¡tinieblas puras que del mal me escondan! Ahí, junto a aquella barrera de cemento y en la acera, parado estaba con su larga cabellera. Con sus ojos rojos y su piel de hielo, cola larga y tez de acero. Con su mirada señalaba aquella aura que de mí soñaba, ¡quiero tu alma canalla! y de pie me ensaya.

Asustado y en lamentos, con fijo repaso y de sed, me paso. No tengo más respuesta ante esa vil presencia que a su juicio dejar mi sentencia:

Conforme a tu ira que desatas,
Tus palabras rotas
Y mi vida que a gotas,
Poco a poco desbaratas.

No hay afán,
Cuando una eternidad se pretende…
Un instante, entiende
Tu maldito plan…

Mis palabras no acepta y en cambio poco a poco se me acerca, como aquel camino que el viento ha recorrido, en los días y en los años, en el tiempo y lo vivido.

Grande boca y afilados dientes, que entre más penetran, más los sientes. Otro testigo mudo de aquel momento, donde no hay razón ni hay sentimiento, de frente mira al brutal impío como siervo descortés, como aquel que no ha cumplido sino las cosas al revés… ¡¿Por qué osas, atrevido! A hacerte el bandido? Juez yo soy, de tu juicio y aquí estoy. Con mis ojos abiertos y la boca no me cierra, veo aquel regaño, tan benigno a mi daño:

Cuando analizo y reconozco,
El problema plenamente,
Es ya, seguramente,
Parte de la solución...

¡Apártate maldito!
Tus servicios no me sirven,
Que tus ojos no me engañen,
¡No eres nada más que un mito!

Como una sombra que alumbrada desaparece, la pesadilla se hizo sueño, el peor que él merece… En el espacio y en el cielo, más oscuro que el infierno, su alma condenada a un gran abismo eterno. Ahora solos él  yo, libres de su sirviente mi verdugo, anda contra la corriente con su yugo. Deposita en mi mejilla un claro beso más ardiente que una parrilla…

¡Oh Dios, es Lucifer!
Con su amarga cortesía,
De la más dulce poesía,
¿Quién se puede abstener?

¡Es una bendita maldición!
Como cuando amas y no hallas,
O como ser amado y tú callas,
¡Esa maldita sensación!



La indiferencia mata más que las malas acciones…

Haber recibido un beso y un abrazo, tan falsos como el lazo entre un te quiero y un “madrazo”, ha sido la más amarga de las luchas entre Lucifer y las musas, muchas, en el día de ayer.

A la memoria de Salomé Domínguez, la más fiel ternura del terror…

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